la gravedad del pornografo
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 








































 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




 

 

 

 

 

 

 

 

 

 









 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


LA YEGUA, LA GENTE, SU MARIDO Y MI PUEBLO
(No es Peter Greenaway porque
hay agravios muy pero muy feos)


Lo soez de algunos agravios contra Cristina Fernández, muy difundidos sobre todo en amplios estratos de las clases medias, en muchos casos beneficiados por la estimulación del mercado interno, dice en el plano simbólico algo muy feo, indecible, sobre una parte oscura y peligrosa del modo en que la civilización acontece entre argentinos. Es algo que reflota como agua turbia y que, por momentos, infunde temor porque ilumina posibilidades de pasar al horror siniestro de ciertos legitimados actos sociales y colectivos.


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Estoy con Cristina, de http.titortiz.blogspot.com
2008

“¡Viva el cáncer!”Se lo escuché comentar por primera vez a Dalmiro Sáenz, hace unos veinticinco años. En su época Sáenz recordaba aún con asombro lo que décadas atrás, en 1951 o 1952, había leído en un paredón de Buenos Aires. “¡Viva el cáncer!”,
había graffiteado alguien o algunos en un frente
de Buenos Aires, cuando ya se sabía que Eva Perón padecía un mortal cáncer que, pronto, se la  llevó el 26 de julio de 1952.
Dalmiro Sáenz, el escritor hoy con más de 80 y casi olvidado, el “escritor loco”, era en los años sesenta un cuentista aplaudido, por aquí entre los primeros best sellers, ese mecanismo bursátil para cotizar la literatura inventado por los norteamericanos no para estimular el buen escribir o leer sino para usufructuar nuevas formas de amontonar dinero. Dalmiro Sáenz era un desfachatado y se animaba a contar en sus relatos asuntos de sexo, cuerpos y violencia. De cuerpos en sexo. Y era un loco lindo, buen tipo, desprolijo en lo literario pero saludable en la medida que rompía lo acartonado y frígido de la academia, lo inmaculado “borgeano” diría con irrespeto, hoy. Sáenz exageraba ser un grasa, pero a través del arte, la cultura literaria y de cierto peronismo de izquierda, pero no tanto (lo ubico más bien como peronista-peronista y no como peronista montonero, peronista de los años 50 y no sesento-setentista), logró ser reconocido por la intelectualidad del Barrio Norte porteño y los tantos bares de intelectuales revolucionarios y paquetes que había por entonces en Buenos Aires.

Lo que quiero decir es que Dalmiro Sáenz sabía de que hablaba. Había vivido el peronismo (en 1945 tenía cerca de 20 años) y se había dado cuenta que Perón encarnó algo muy intenso de lo argentino, una de esas corrientes profundas de la argentinidad (no quiero aparecer “ontológico”, como si hablara de “ser nacional” y esas esencias de integrismos de iglesia y militares de ¿antes?). A Sáenz no le habían contado el peronismo, lo había sentido dentro y fuera suyo. Y desde allí recordaba treinta años después de 1952 que había leído esa pintarrajeada tenebrosa en una pared anónima de Buenos Aires: “¡Viva el cáncer!”. Primero Sáenz lo habló, lo comentó. Yo se lo vi decir en la televisión, hace mucho tiempo. Lo repitió a través de los años, y creo que lo hace aún. Más tarde lo escribió, no podría asegurarlo si en uno de sus libros pero sí en algunas –varias- notas para diarios. Tan asombrado seguía el escritor rebelde. Cuando yo lo escuché quedé dolorido, no tan asombrado como afectado, también intimidado. “¿Así es el ser humano?”, me dije la primera vez, aún medio incrédulo pendejo.
“¿Tan jodido puede ser el humano?”, precisé enseguida.
“¿Tan impiadoso, tan perverso, tan siniestro, tan enfermo, tan psicópata, tan hijo de mil putas mal parido puede ser el humano hombre-mujer?”
, amplié a lo largo del tiempo.


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Inscripción en el barrio Coghlan, Buenos Aires.
De http.titortiz.blogspot.com, 2008
Después sí, más mayorcito, me di cuenta que eso escrito en la pared es sólo el preámbulo, el anuncio de lo que puede llegar a hacer, de lo que puede ser el hombre varón-mujer. No es una “cuestión” argentina, es un constitutivo de la condición humana, aquí o allá. Dadas las condiciones, abierta la tapa, roto los marcos, puede escaparse cualquier cosa, entre ellas esas que sólo se acaban a sí mismas, muerte tras muerte, y cuando la muerte con protervia se agota a sí misma de la muerte y del sufrimiento atroz de los otros, cuando ya no le produce deseo ni goce y placer la muerte y el dolor del otro, cuando el goce propio se acaba a sí mismo. Entonces allí se guarda, se pone a dormir hasta que algún imprudente y desatinado, alguna mala leche vuelven a romper el marco, abrir la tapa y astillar los marcos.

LA YEGUA CON  LA TURRA

“¡Yegua!”, “¡Turra!”, “¡Puta!”, “¡Negra de mierda!”, “¡Delincuente!” son la reviviscencia  hoy y desde hace un tiempo de los vítores al cáncer que mataba a Evita en 1952. “¡Viva la muerte!” sabía de antes que era la exhortación con que se alentaban los legionarios de camisa azul de la clericalidad franquista de Millán-Astray. Sabían lo que entonaban. Siempre se dijo que durante la Guerra Civil Española de 1936-1939 que tanto convulsionó a los argentinos, había muerto un millón de españoles, de ambos bandos. Se aceptaba con resignación o complacencia que, ya Franco en el poder, fueron incontables las represalias contra los vencidos.

 

“Existió durante al menos un siglo una diferencia social horrorosa en Haití, pero recién se vio (poco, por inevitabilidad de las imágenes de celulares y más que nada para “hablar mal” de los “negros”) cuando los muertos de hambre de siempre se quedaron sin tapera y, en medio del caos, vieron que podían apoderarse de algún alimento o de ese televisor que siempre les mostraron en las narices y nunca les dejaron comprar porque ni trabajo de esclavos tenían. Y sucedió también en Chile, después del reciente terremoto, cuando los pobres aparecieron de golpe y se pusieron a apropiarse de lo que tenían a mano en la vidriera hecha sólo para el que podía comprar.”

 


Pero recién hace tres o cuatro años se ha reconocido en público que, tras la victoria, los franquistas torturaron y fusilaron a por lo menos 100 mil vencidos y los enterraron a la vera de los caminos, cerca, ahí nomás de los pueblos en fosas comunes, como animales. Primero, por el 2005 o 2006 algún diario se animó a recoger lo que los millones de españoles sobrevivientes sabían y no habían hablado nunca, por miedo, por dolor, por culpa, por responsabilidad delictiva. Habían fusilado a decenas de miles cuando ya estaban vencidos, entregados, rendidos, prisioneros e indefensos. Los fueron a buscar a sus casas y los fusilaron después de humillarlos y vejarlos con dolor físico y moral para ellos y sus familiares. Argentina –y eso gracias al coraje y sacrificio de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo-, antes que terminase la última dictadura, y apenas un año después de iniciada, tiene el privilegio mundial de ser la nación que más rápido reconoció las miles de desapariciones perpetradas e inició la búsqueda de las víctimas. Ni España, ni Alemania, Italia, Francia, Rusia, si se alude sólo al llamado Occidente, iniciaron con tanta salud y premura el reconocimiento y elaboración de tan tortuoso traumatismo colectivo, aún en conflicto por resistencia de impunidad o vergüenza.

Los camisas azules de Franco sabían lo que deseaban. “¡Viva la muerte!”. En ese “¡Viva la muerte!”, perfecto y máximo oxímoron (porque, se supone, no hay nada más opuesto a la vida que la muerte, aunque me expliquen que la vida termina siempre en muerte y de la muerte y la nada rebrote la vida)), en ese tenebroso y paralizante “¡Viva la muerte!”, gritado bien fuerte y con entusiasta convicción en el dios monoteísta, hay algo de las “¡Yegua!”, “¡Turra!”, “¡Negra de mierda!” que se dicen hoy como al pasar, casi sin entusiasmo pero sí con rencor y resentimiento, contra la presidenta Cristina Fernández.

Este “temita” ya ha sido abordado por algunos periodistas, y hasta algún psicoanalista tuvo lugar en un diario para vérsela con esta excrecencia que brota  de alguna corriente oscura  y profunda del pueblo argentino, o de una buena parte del pueblo argentino, pueblo que, en este caso, sí da significado pleno a la palabra “gente”, que tanto preocupa a los lingüistas y a algunos intelectuales desde que, en los conservadores y feos años 90, se incorporó de modo masivo como sustituto. Recuerdo que llegaron a parecer “anacrónicos”, fuera de lugar, antiguos o a dar vergüenza la palabra y el concepto de “pueblo”. Con el “fin de la historia” (nuestra “convertibilidad de Cavallo”) no había más “pueblo”. Éramos todos iguales, o indistintos, o es que ninguno, o casi, importábamos nada).

Se ha teorizado sobre porqué “gente” en lugar de “pueblo”, “proletariado” “clases populares”, “clase obrera”. A mí también me preocupó. ¿Es que el pueblo ya no existe? Me dicen los que saben que si no existe el (concepto de) Estado no puede haber pueblo, que las dos cosas –Estado y Pueblo- van juntas. Puede ser. Pero ahora descubro un significado nuevo, que me parece más apropiado y clarificador y explicativo: después de los años 90, en Argentina (traduzco: después de Cavallo y Menem) hay una parte del pueblo que no se llama pueblo, que se llama “gente”. Es más: es una parte del pueblo que no quiere ni desea ser pueblo, sino gente (y acaso sea cierto, no lo es). Es la gente que repite “¡Yegua!”, “¡Turra!”, para referirse a nuestra señora presidenta.

HABLAR ES GRATIS, POR UN TIEMPO MÁS

Pero hay algo peor. Cuando la gente (me resisto a decir “esa” gente, porque es subestimar y este adversario o parte fea de la sociedad argentina tienen entidad y poder como masa de maniobra del poder real), repito, cuando la gente dice como algo cotidiano y sin énfasis “¡Yegua!”, “¡Turra!”, lo hace con odio, es cierto, con rencor y resentimiento, pero también con esa “naturalidad”, cotidianidad, “normalidad” mediante las cuales, explican los historiadores, el alemán medio entre 1935 y 1945 no se inquietaba ni le parecía reprobable que desaparecieran al vecino judío (unos seis millones, y bastante más). O como el argentino vecino medio de barrio pudo llegar a ver como espectador, sin demasiada inquietud y hasta con consentimiento, que secuestrasen de noche al habitante de al lado y así sumar hasta 30 mil desaparecidos. Todo sin que la “normalidad” se preguntase demasiado entre 1976 y 1983, y también al final de los militares, en 1982, aún se vivase en Plaza de Mayo a los mismos que habían secuestrado y asesinado en masa dado que en ese año organizaron una guerra “limpia” en que iban a morir más que nada pibes en servicio militar obligatorio por esa época.

 

“Como el mar y como las costas, hablar y repetir palabras es (aún) gratis. Pero esto, también al parecer, por un tiempo más. Por lo que veo, los del insulto soez no se han dado cuenta todavía que sus “jefes” piensan privatizar todo, como el aire, por ejemplo. Leo que en Chile, en su último día de gestión la señora Bachelet privatizó miles de hectáreas de costas y mar en las zonas salmoneras, para que los quebrados pequeños y medianos pescadores de salmón puedan pagar su deuda a grandes corporaciones internacionales”.

 

Calificar de “¡Yegua!”, “¡Turra!” a la presidenta Cristina Fernández, elegida por el 45 por ciento los votos, encierra, sí, claro, ¿cómo no?, una dosis de odio. Es odio social. Odio de clase, me parece, si es que –como afirman algunos estudiosos- las “clases sociales” no han también desaparecido. (Ahora habría algo aún no definido, los que tienen y los que no tienen, los que tienen mucho y los que no tienen nada, los que tienen poco y los que tienen algo, y así en larga lista hasta que surja un concepto que aglutine y defina las diferencias sociales obvias de la actual etapa del capitalismo).
Odio, rencor, resentimientos de clase,
como en 1952 cuando alguno o varios escribieron,   según su deseo profundo, “¡Viva el cáncer!” Ese rencor de clase suele advertirse cuando las diferencias sociales, la “brecha social” (como se dice desde los 90 para quitarle al análisis el toque “marxista”), cuando la diferencia de ingresos y beneficios entre unos y otros son abismales.

Esa imprudencia de la injuria yeguariza y el insulto lunfardo sustituto de tunante o prostituta, con la impudicia atolondrada del que es o se supone impune y se concibe a sí mismo siempre indemne frente a las consecuencias de lo que habla (o repite, simplemente), esa imprudencia indolente y acomodaticia, es cierto también, tiene razón de ser en que el aire es (todavía) gratis. Como el mar y como las costas, hablar y repetir palabras es (aún) gratis. Pero esto, también al parecer, por un tiempo más. Por lo que veo, los del insulto soez no se han dado cuenta todavía que sus “jefes” piensan privatizar todo, como el aire, por ejemplo. Leo que en Chile, en su último día de gestión la señora Bachelet privatizó miles de hectáreas de costas y mar en las zonas salmoneras, para que los quebrados pequeños y medianos pescadores de salmón puedan pagar su deuda a grandes corporaciones internacionales. (http://podemospress.blogspot.com/2010/03/chilebachelet-privatizo-el-mar.html).


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Eva Perón

TENER LO QUE NUNCA TUVIERON

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Evita, ya enferma en el balcón Casa de Rosada. Perón la sostiene
En Haití existió durante al menos un siglo esa diferencia social horrorosa que hace posible que se despoje de humanidad al pobre, o a quien arrima a ayudar al pobre. El pobre así dejar de ser humano y pasa a ser yegua, gusano, reptil, rata, todos animales que el hombre ha calificado con un animismo moral desagradable. Ser una víbora no es lo mismo que ser un cóndor. Pero en cuanto a Haití, la horrenda miseria de la mayoría recién se vio (poco, por inevitabilidad de las imágenes de celulares y más que nada para “hablar mal” de los “negros”) cuando los muertos de hambre de siempre se quedaron sin tapera y, en medio del caos, vieron que podían apoderarse de algún alimento o de ese televisor que siempre les mostraron en las narices y nunca les dejaron comprar porque ni trabajo de esclavos tenían. Y en Chile sucedió lo mismo después del reciente terremoto, cuando los pobres aparecieron de golpe y se desbocaron en apropiarse de lo que tenían a mano en la vidriera hecha sólo para el que podía comprar.

Chile durante treinta años fue celebrado por el poder financiero y la prensa como sinónimo de orden y bienestar (lo último, el bienestar igualitario, se celebraba bastante menos, para que la exageración no fuese evidente grosería). Cualquiera que hubiera leído los estudios e informes de diversas fuentes no incorporadas al neoconservadurismo de la universidades norteamericanas, cualquiera que estuviera al tanto al menos de las cifras de los organismos oficiales, cualquiera que leyera un poco más allá del diario cotidiano de propaganda sabía, repito, reconocía que el abismo social era tremendo, en Chile, una de las sociedades más desiguales de sudamérica, no tanto como Brasil pero sí mucho más que la de en Argentina, aún después que Cavallo y Menem la empobrecieran como en 1930.

 

“Gente de derecha, esa que suele decir como al pasar “¡Yegua!” o “¡Turra!” para aludir a la presidenta argentina. No es que dicha aversión de esos ricos o menos ricos, clase media en sus diferentes estratos, muchos apenas empleados públicos, no es que su aversión (ellos no reconocen odio, rencor o resentimientos sociales) sea respetable, “linda y buena”, mientras que las frustraciones, exabruptos o irrupciones y estallidos de los pobres o laburantes asalariados sean feas, malas.”

 

Se trata de la perduración del orden simbólico de Pinochet
en la conciencia de todos y también en la de aquellos a los que se le ocurriera protestar, quienes sabían que los garrotazos iban a ser muchos. Que haya producto bruto bien alto no significa que todos coman y mucho menos que todos consuman. Por eso muchos pobres, tras los terremotos o los tsunamis
se robaron los televisores, para tener aunque sea una vez eso que les decían que tenían pero que ellos, por ser muy y muchos pero muchos pobres, no tenían.

NEGROS DE MIERDA Y BLANCOS LINDOS

Pero lo peor, lo más inquietante no es el odio o rencor social. Ni siquiera el rencor social contra los pobres cuando los pobres quieren una parte de lo que a los ricos les sobra para poder comer o llevar a sus hijos a una escuela o curar al pibe en un buen hospital. No es que el rencor de los desarrapados que saquean un supermercado desbordante sea “mejor” que el rencor de los ricos contra el “negro de mierda”. No es una cuestión estética, ni –al menos no del todo- una cuestión moral e ética. No es que el rencor social de los pobres sea “lindo”, visto desde la  izquierda, y el rencor de los ricos contra los desahuciados sea malo. Sí hay un centro comprensible, bien entendible y que se puede explicar con argumentos sólidos, eso sí, por supuesto. Pero esas comprensión y entendimiento, que no abundan en la gente del común (ricos y pobres), sólo valen si las economías se organizan para que, como mínimo (y a partir de ahí hablamos), todos tengan  todo lo necesario y digno para que nadie sienta el deseo, el “rencor” de robar el televisor del rico o del modesto almacenero del barrio. Eso, como mínimo. Traduzco: alimentación nutricia, trabajo fijo y legal con salario digno, vivienda, atención de salud asegurada y escuela de excelencia gratuita.  Todo, como se ve, bien  capitalista. Ni hablar de socialismo. Y a partir de ahí, sí, reflexionamos sobre lo mejor (para todos).


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De http.cubalmater.files.wordpress.com, 2009-2005

Lo mismo dicho (o casi todo lo mismo) vale para la gente de derecha, esa que suele
decir como al pasar “¡Yegua!” o “¡Turra!” para aludir a la presidenta
argentina. No es que dicha aversión de esos ricos o menos ricos, clase media en sus diferentes estratos, muchos apenas empleados públicos, no es que su aversión (ellos no reconocen odio, rencor o resentimientos sociales) sea respetable, “linda y buena”, mientras que las frustraciones, exabruptos o irrupciones y estallidos de los pobres o laburantes asalariados sean feas, malas, desagradables, ilegales, reprimibles con brutalidad. No es que haya cortes de ruta “buenos”, si los hacen ruralistas, sojeros y clase media blanca y cortes de ruta “malos” si los hacen desocupados, obreros, despedidos y excluidos o “negros de mierda”. Cada uno puede tener sus reclamos pero no todos son por igual imprescindibles, necesarios, comprensibles, legítimos (que no legales, al menos siempre), oportunos, razonables, justos y contemplen el bienestar de la mayoría o del conjunto de la población.

 

“Algo tan grave en lo simbólico como los mencionados improperios hacia la presidente de la Nación tiene acaso que ver con la trivialidad, ligereza, banalidad, insignificancia de la palabra, del lenguaje como voz determinante del ser humano, del hombre como sujeto de la cultura y la civilización. Si el hombre no tiene lenguaje, no puede hablar o no sabe lo que dice (no capta el significado de sus palabras que dice), entonces ha involucionado, sufrido regresión, vuelto atrás.”

 

DECIME: ¿QUÉ TE PASA LENGUAJE?

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Remera con inscripción. Amenaza y agravio. yegua.
De www.taringa.net
Hay otro trasfondo, otra oscuridad más profunda que tal vez no debieran asombrar pero no pueden dejar de producir inquietud, que intimidan y perturban, dan miedo.


Es esa ligeraza del hablar cotidiano, sin subrayado ni énfasis notable para deslizar como si nada “¡Esa Yegua!”, “¡Esa Turra!”, “¡Esa Negra de mierda!” para referirse, sin necesidad y, obvio, con exclusión de fundamento político emocional atendible, a la presidenta de la Nación como ejecutora visible de una política o de medidas políticas de Estado que nos conciernen a todos
. Es un uso trivial del lenguaje oral y a veces escrito, donde todo da igual y donde cualquiera dice y profiere cualquier cosa sin hacerse cargo ni responsable. Muchos lo dicen hoy y mañana ya no lo recuerdan o no lo apuntan en su memoria como posible dicho propio. Como el alemán promedio que “no sabía” del genocidio judío o el argentino medio que “no sabía” de los 30 mil desaparecido. ¿Cómo no se puede saber que si se elige a Drácula para que  mande es probable que aparezcan muchos faltos de sangre? El chiste de mal gusto para algo tan grave como los improperios mencionados tiene acaso algo que ver con la trivialidad, ligereza, banalidad, insignificancia de la palabra, del lenguaje como voz determinante del ser humano, del hombre como sujeto de la cultura y la civilización. Si el hombre no tiene lenguaje, no puede hablar o no sabe lo que dice (no capta el significado de sus palabras que dice), entonces ha involucionado, sufrido regresión, vuelto atrás.

 

“La palabra no vale lo mismo que antes” dicen los ancianos que no entienden el presente pero que de algún modo perciben el centro de la cuestión. Se dan cuenta, aún si son muy reaccionarios y dicen cualquier cosa, que cualquier palabra suena hoy al menos sospechosa de carecer de significado y sentido. Que este lenguaje cotidiano no nombra nada. Que cualquier palabra hablada es lo mismo y da lo mismo. Si esto no es “lacaniano”, es al menos discepoliano.”

 

 Es lo que algunos, creo, lacanianos llamanimpasse de la civilización”. Dicho de modo grueso, cuando cualquiera puede decir cualquier cosa porque cualquier cosa es lo mismo. El triunfo absoluto del capital no sólo financiero sino simbólico (el lenguaje). Más fácil: el triunfo absoluto del dinero y de la codicia, la victoria de la plata. Lo único que vale es la plata, la plata que tiene cada uno y las cosas que puede comprar y exhibir. Si tiene una 4 por 4 vale mucho más que el otro que no la tiene, y si el otro tiene cinco 4 por cuatro, entonces vale mucho más. No importa su lenguaje de pensamiento. Importa ese “lenguaje” de la plata, de “las 4 por 4”.

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Evita

No importa que se diga cualquier cosa cuando se habla y se repite como loro, porque si al hablar todo vale lo mismo (porque no es plata, dinero), nada de lo que se diga vale más que otras palabras, por más justas apropiadas y sustanciosas que sea. Nadie entiende y, lo peor de lo peor, a nadie le interesa. Es el lenguaje vacío, El significante vacío, dicen de nuevo –creo- los lacanianos de Suassurre y Lacan. “La palabra no vale lo mismo que antes” dicen los ancianos que no entienden el presente pero que perciben de algún modo el centro de la cuestión. Se dan cuenta, aún si son muy reaccionarios y dicen cualquier cosa, que cualquier palabra suena hoy al menos sospechosa de carecer de significado y sentido. Que este lenguaje cotidiano no nombra nada. Que cualquier palabra hablada es lo mismo y da lo mismo.
Si esto no es “lacaniano” es al menos discepoliano
.

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Néstor Kirchner y Cristina Fernández. De www.taringa.net
Y ahí sí que por fin viene “lo más peor” de todo. Con un lenguaje vacío donde cualquiera dice cualquier cosa y cualquier palabra da igual y no designa nada, se abre un profundo vacío que puede llenar el poder, el poder real, digo, no el gobierno éste o cualquier otro en control democrático. Se abre un vacío en que hay probabilidades de que alguien del poder real se haga cargo, y cuando diga “voy a poner orden” y “hacer justicia” asesine a todos los “negros”, como antes a los armenios, los judíos, los ruandeses, los palestinos (ahora), o bien los ponga detrás de un muro o enrejado como hoy en México-Estados Unidos, en las ciudades españolas de Ceuta y Melilla en África que dividen de Marruecos, o el “Muro de la Vergüenza” de 2.700 kilómetros de extensión que separa Marruecos del Sahara del oeste, al norte de África. Un paredón bien alto y largo. Que separe a la “negrada”, excluidos, “indeseables” y “heterodoxos” de los pocos (o muchos) blancos.

Ese es un vacío lleno por el poder real del dinero, el capital en su forma actual. Es la conciencia o subjetividad llenas sólo con el signo pesos ($) hechas poder real. Porque cuando muchos o algunos muchos repiten “sin darse cuenta pero dándose cuenta” de lo que dicen,  con ese “no saber lo que dicen pero que sabe lo que dice”, cuando muchos o algunos muchos repiten los agravios “¡Yegua!” o “¡La Turra!” para referirse a la actual presidenta, no lo hacen con la idea de aludir al Tirano que nadie eligió o se desvirtuó y mucho mal hace, sino para denotar y connotar a alguien que, por ejemplo, en un momento decidió que el salario de los trabajadores, que es de los trabajadores, o una parte de su salario, no es de los bancos (AFJP) y que es mejor que lo administre el Estado y lo distribuya de manera solidaria o productiva para esos mismos asalariados o para los que no tienen, como los dos nuevos millones de jubilados con plata de la ANSES.

 

“La Yegua parece que es yegua y La Turra parece que es turra porque tuvo la osadía de concebir que un poquitín de lo sobrante que muchos tienen, apenas un poquitín, vaya no para la bicicleta del dinero que se evade y sale del país sino para que alguno más coma, otro pueda comprarse en cuotas un simple televisor y aquel otro consiga un trabajo más o menos fijo y más o menos aceptablemente remunerado para dar de morfar a sus pibes y levantar el ranchito en los ratos libres.”

 


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www.eldia.com.ar
Que los trabajadores aportantes después nos hagamos cargo (o no) de la necesaria supervisión de lo que es  nuestro para que no se lo robe cualquier pícaro de los que abundan fuera o dentro de la gestión oficial, esa es otra cuestión, y por ejemplo sería bueno que la “oposición”, tan “enérgica” hoy con boludeces u obstaculizaciones jodidas, se ocupara de exigir tal cosa, que los trabajadores puedan ejercer una participación decisoria y de peso en el control e inversión de sus aportes para que se beneficien los asalariados o los excluidos.
Y así muchas cosas más, porque La Yegua parece que es yegua y La Turra parece que es turra
porque tuvo la osadía
de concebir que un poquitín de lo sobrante que muchos tienen, apenas un poquitín, vaya no para la bicicleta del dinero que se evade y sale del país sino para que alguno más coma, otro pueda comprarse en cuotas un simple televisor
y aquel otro consiga un trabajo más o menos fijo y más o menos aceptablemente remunerado para dar de morfar a sus pibes y levantar el ranchito en los ratos libres. Sin contar que 20 millones de entre 40 millones de argentinos este verano salieron otra vez de turismo también con esos mangos puestos a circular con apenas un poco más de amplitud
.


Por Amílcar Moretti 29 de Marzo de 2010
© Amílcar Moretti, 2010

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