Sería una torpeza buscar excusas para distraer la percepción del conocedor de arte de la posible incidencia –imperfecta, claro, difusa, quizás sólo pretendida- que “El amanecer de la criada” al fin y al cabo busqué de una manera indirecta y no del todo confesada a mí mismo para hacer estas fotos de Yul que presento aquí en un intento de serie. El cuadro de Eduardo Sívori (1847-1918), uno de los más destacados pintores argentinos del siglo XX, es casi seguro la mejor obra del artista, y la más conocida.
“Le lever de la bonne” (1887), pintada en París, es una muestra de contundencia corporal de la desnudez femenina. Más allá de su ubicación en el movimiento naturalista del último cuarto del siglo XIX, muestra una sensualidad veraz, alejada de simulacros y artificios aún actuales. Esa corporalidad sexual convierte a la obra en una presentación de algún modo todavía perturbador, o al menos fuera de la norma vulgar de belleza femenina hoy más que nada mediática y confundida con un sentido de “buen gusto” burdo e ignorante por sobre todas las cosas.
Cuando Yul, la expresiva actriz y cantante porteña que colaboró para mí como modelo, con una paciencia y serenidad admirables, aportó cada postura no sabía de mis inspiraciones y aspiraciones, por lo demás tampoco claras ni deliberadas en mí. Si ahora decido presentar estas ocho fotos en modo –lo advierto- aún de precaria narratividad, es porque semanas después de registradas advertí de nuevo que el cuadro de Sívori percutió en mí siempre muy fuerte.
No deseo convencer a nadie de que mis imágenes de “El amanecer de Yul” pueden –ni mucho menos deben- compararse con Sívori. Sería inadecuado y tonto: no soy Sívori ni quisiera serlo porque no es mi pintor favorito. Me conmociona sí su pintura. Si bien su protagonista femenina es una fuerte bretona, no puedo dejar de ver en ella a una argentina común, de las que me gustan, mezcla de habitante nativa y europea del sur, con esa tez cobriza y a la vez blanca y esa belleza no inventada ni forjada de modo artificioso sino dada por la experiencia de vida bien digerida, por la supervivencia de la fuerza de la joven vital que sabe que debe luchar y mantenerse bien, no para concursos de belleza sino para gustarse, gustar a quien la ame y poder lograr sus sueños e ilusiones. Así veo siempre, desde niño, a la mujer de Sívori, y así admiré la belleza de Yul apenas la ví, común pero fuerte y dramática, imperfecta pero intensa, sin afeites pero acogedora, con la apariencia de la compañera cálida y seguidora, siempre dispuesta.
Cuando revisé las fotos de Yul, tomadas el 1 de abril del 2011, visualicé en una porción de ellas que había algo que remitía a mi vieja fascinación pictórica argentina. Vuelvo a decir que la distancia entre lo mío y el maestro son enormes. Pero ambiciono que mi tarea de trabajador de la fotografía creativa no ya imite –lo que es imposible para mí y a la vez no deseo- sino que trace una leve sugerencia de ese precedente ilustre que, creo, puede rastrearse en pinturas realistas de desnudo argentino más cercanas a hoy, y que, dentro de ese contexto y herencia, lo mío pueda ubicarse como un cotidiano y rústico homenaje.
Quiero agradecer otra vez a Yul, mujer bella argentina medio tana y medio criolla como muchos de nosotros, como yo con orgullo. Yul, sin conocerme y sin conocerla, me ayudó a tratar de hacer lo mío con una paciencia y generosidad que le agradezco mucho. Ese tipo de mujer me puede. Y ella, Yul, se merece lo mejor de sus deseos. |
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“El despertar de la criada” (1887) es uno de los cuadros más vigorosos de la historia de la pintura argentina. Fue hecho por Eduardo Sívori (1847-1918) durante su estancia en París, donde lo presentó con considerable suceso. En la capital de Francia recibió críticas elogiosas pero también fue considerado de “mal gusto” por mostrar un desnudo de mujer de clase popular con un cuerpo sensual y atractivo pero forjado en el trabajo. Los desnudos de “buen gusto” siempre fueron considerados los ocultadores y artificiosos, alejados de los cuerpos reales. Hoy ese lugar de falsificación y trivialidad serían los modelos de belleza de la revista “Gente”, publicación masiva y vulgar de las clases medias burras y con cierta capacidad de consumo.
“El amanecer de la criada” fue exhibido en Buenos Aires más tarde. No había aquí una tradición en el género del desnudo, salvo alguna que otra muestra aislada de semidesnudeces artificiosas. Por lo tanto, el escándaloí fue tanto mayor, aunque reducido a las clases altas, cuyos integrantes eran los únicos que asistían a exposiciones de arte. Se calificó de “pornográfica” e “indecente” a la pintura de Sívori, y es de suponer que lo que más molestaba –y aún causa cierto malestar- es la calidad de mujer común –fuerte y atractiva- que muestra la dama desnuda sentada al borde de la cama, al amanecer, mientras da vuelta una media.
Más allá de la desnudez, franca y honesta, de gran vigor, el célebre cuadro de Sívori puede considerarse la primera incursión de la modernidad y de las vanguardias del arte en Buenos Aires. Considerado formalmente según los cánones de la historia del arte, se trata de un cuadro naturalista, la corriente intelectual y artística que predominaba en Francia poco antes y en simultáneo con el impresionismo.”
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