Por momentos Yul da como Maribel Verdú, la española. Y por momentos se me aparece como Abaporu, la personaje que hizo famosa Tarsila do Amaral, la más grande artista plástica que Brasil haya tenido. Hace poco “Abaporu”, uno de sus dos más famosos cuadros (el otro es “Antropofagia”), recordó que debiera tener por aquí más valoración y notoriedad. La pintura pertenece a un millonario e inversionista argentino, dueño del museo privado de arte MALBA, porteño. Dicen que la compró en algún momento en un millón y pico de dólares y hoy la valuarían en 30 millones.
Porquería de época, después de la ola neoliberal traducida en menemo-cavallismo en esta tierra, porquería de época digo en que el arte y su valor se mide por la cotización en bolsa. Cueva de especuladores, vendedores de fantasías y la fraudulencia del vivillo con plata que, bruto él mismo, se aprovecha de la ignorancia de los ricos de apuro y último momento. Yo he sufrido a alguno, peligroso y con negocios y vínculos que, en verdad, meten un poco de miedo, esa inquietud que no es la del arte.
Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, compañera de Cristina Fernández de Kirchner y no de Obama, cuando visitó nuestro país solicitó, se sabe, “Abaporu” (“hombre que come”) en préstamo, para fijarlo en el Palacio del Planalto (Palacio de la Meseta), sede el ejecutivo nacional. Rousseff es una política culta e ilustrada, un cuadro militante de lo popular y el populismo redistributivo, de larga formación ideológica y teórica, activista y mujer de pensamiento y libros.
Por aquí, muchos de la clase media choronga, la nueva pequeña burguesía aparecida, fortalecida o distorsionada con el saqueo de los 90, ni la más puta idea de Tarsilla do Amaral (1886-1973), la paulista que combinó las vanguardias europeas de los años 20 y antes de Europa con las corrientes profundas de lo sudamericano original y afro del Brasil. Mezcló la “barbarie” popular, esa “autoritaria” y “antidemocrática” que tanto pregona la derecha troglodita hoy, con la “civilización” que Sarmiento veía más en Estados Unidos que en Europa. Habría que haberle creído a Rubén Darío, el poeta, que ha sido ocultado en su denuncia lírica y épica al preanunciar el poder de garrote de Estados Unidos.
Tarsila conformó una vanguardia siglo XX que todavía no tiene su reconocimiento bien distribuído y adjudicado en la academia y, mucho menos, en la plebe clasemedista de Menem-Macri-Cavallo-Mirtha Legrand. La Cultura, hoy, es Francisco de Narváez. Tal vez más, y es posible desarrollar oscuridad en ese camino de cerrazón, un Reutemann. ¿Que qué tiene que ver la Política, estos políticos berretas, con la Cultura? Bueno, todo. El nivel intelectual y de reflexión conceptual de los protagonistas de la política define en qué lugar se halla el territorio medio -hoy vulgar, burro y platudo- de la ¿mayoría? boba y jorobada que lleva la batuta según le indica el mamarracho astuto de la televisión y la prensa opositora, la mayoría (con plena libertad, por supuesto, si no cómo es que habría tantos opositores brutos y brutales que pueden decir la primera barbaridad que se les ocurra).
Pobre, la metí a Yul, la modelo porteña en una trama en la que no sé si cree. Esto escrito corre por cuenta mía. Las fotos, en cambio, son mías y suyas. Sin ellas no habría mi Abaporu. Yul se basta con su vitalidad grandiosa, peculiar y clandestina de heredera de Abaporu. Con eso le sobra. Muchacha joven y corajuda, llena de vida y arremetedora. Se desnuda y desparrama vida, entonces, más que antes. Transpira vida, palpita. Canta, entona jazz con un trío. Le gusta John Coltrane. Baila, danza expresiva y contemporánea. Trabaja, se gana los pesos. Se arregla sola. Es una invitación a pensar en lo selvático en el medio del cemento, aunque a simple vista -desde afuera- parezca una pequeña nativa nuestra, de las mejores, que no se tiñen de rubio menemista, no se siliconean los pechos ni el cerebro y lo que tiene, ánimo y cuerpo bello, inteligencia y ganas de aprender, apostar y resistir, lo logra al mostrar sus formas sin necesidad del gimnasio artificial de la frigidez mercantil. Abaporu está en ella, acaso sin que ella lo sepa. |