Escribe
AMILCAR MORETTI 

            ¿Qué podría esperar? ¿Qué sería leer «todo»?  (1)  ¿Qué podría esperar si leer, además, el uno por ciento de los libros que hay (solo) en Internet llevaría innumerables vidas? (Esteban Magnani, pág. 43 en «Flotar sobre el conocimiento», Buenos Aires 2012, VER ABAJO). Hace unos días, en este noviembre del 2013 como hace (otros) pocos días de este julio del 2026, reacomodar mi biblioteca según mis necesidades y gustos actuales ha logrado abrumarme. No cada libro -no uno y así en lista hasta ser más que muchísimos- sino los libros en bulto. Todos los libros físicos (papel) de parte de una biblioteca incontrolable. El bulto terminó por producirme agobio. Añado: una porción de la biblioteca y de la hemeroteca, y de las fototeca, cinemateca y mi parcela de oidor de música (musicante).

              Lo resistí, el asedio, digo, lo resistí meses y años, diez o quince años, encima mío, alrededor, hasta que comenzaron a brotar los libros por el piso, en pilas, y sobre la cama. Para que entrase el amor durante décadas tuve previamente que correr y sacar las pilas y colocarlas sobre las sendas de la casa. Hasta que al almorzar o cenar comenzaron a caerse sobre los platos de comida. En tanto, los diarios se multiplicaron como en conejera.

             La primera conejera, los libros. ¿Se pueden leer todos? No, claro. Pregunta boba. Algunos los he leído dos o tres veces, cuatro. Hemingway, Gatsby, «El jorobadito», cuentos de Borges y Cortázar, poemas de Tuñón (Raúl), Gelman, Quijote, «El miedo a la libertad», escritos de estética de Lukács, los ensayos sobre literatura de Viñas, y así. ¡Ah!, Henry James (imprescindible). ¿Y entonces? ¿Entonces qué? Hacen falta varias vidas. Pero ahí están los libros de papel, la marca de la vida elegida.

                 Cada vez más leo en fragmentación, voraz por partes abundantes que abandono para coger otra lectura. Diez o quince libros a la vez, a veces a lo largo de uno o dos años. Y escribir (¿de todo? , además. ¿Se puede? ¿Es posible hacerlo? No, no, claro que no.  Y escuchar jazz (¿todo el jazz? No, tampoco, pero sí repito siempre algún tema de Davis y Coltrane. Y tango (¿todo Fresedo? No, ni siquiera eso. Me detengo en la repetición de uno).

              Y por supuesto, ganarse los pesos para vivir, para comer, y tomar sol, curarse, el amor, fotografiar, el Mirar (¿mirar todo?). No, ni así. No se puede mirar todo ni siquiera con cámara fotográfica.  ¿Cómo haría al mismo tiempo o en sucesivo para estar en todos los lados y mirar todo de todos los lados? Los libros. Ordenar los libros. Una parte. Pensé en dos, tres o cinco días. Hace meses y creo que hay para bastante más.

(1) Reproduzco la pregunta hecha en noviembre del 2013 en el blog paralelo a esta página o sitio web de ERÓTICA DE LA CULTURA. Es decir, me refiero únicamente a la lectura de la inmensa cantidad de literatura impresa en papel,  sin contar lo publicado en digital.

Ordenar mi mundo. Cris. Noviembre 2013. Argentina.

 

Ordenar mi mundo. Noviembre 2013. Argentina.

MANGUEL Y UNA HISTORIA DE LA LECTURA     

                 «Resulta desconcertante imaginar los muchos siglos anteriores a la invención de los lentes, durante los cuales los lectores entrecerraban los ojos para abrirse camino a través de los nebulosos arrabales de un texto, y conmovedor imaginar su extraordinario alivio, una vez que fue posible disponer de ellos, al ver de repente, casi sin esfuerzo, una página escrita. Una sexta parte de la humanidad padece miopía; entre los lectores la proporción es más alta, casi el 24 por ciento. Aristóteles, Lutero, Samuel Pepys, Samuel Johnson, Alexander Pope, Quevedo, Wordsworth, Dante Gabriel Rossetti, Elizabeth Barret Browning, Kipling, Edward Lear, Dorothy L. Sayers, Yeats, Unamuno, Rabindanath Tagore y James Joyce tenían problemas  de vista. En muchos casos la enfermedad empeora y un número notable de lectores famosos se volvieron ciegos con el paso del tiempo, desde Homero y Milton hasta James Thurber y Jorge Luis Borges. Borges, que empezó a perder la vista poco después de cumplir los treinta años y a quien en 1955, cuando ya no veía, nombraron director de la Biblioteca Nacional de Buenos, comentaba acerca del peculiar destino de un lector al que le falla la vista y al que un día se le concede el reino de los libros:

«Nadie rebaje a lágrimas o reproche

Esta declaración de la maestría

De Dios, que con magnífica ironía

Me dio a la vez los libros y la noche.» 

(págs. 301 y 302 de «Una historia de la lectura» de Alberto Manguel, ed. Emecé, Buenos Aires, 2005) 

Ordenar mi mundo. Cris Pichel. Noviembre 2013. Argentina.

 

Ordenar mi mundo. Noviembre 2013. Argentina.(1) Reproduzco la pregunta hecha en noviembre del 2013 en el blog paralelo a esta página o sitio web de ERÓTICA DE LA CULTURA. Es decir, me refiero únicamente a la lectura de la inmensa cantidad de literatura impresa en papel,  sin contar lo publicado en digital.        

                  «Asegurar que ya nadie va a tener paciencia como para leer «La guerra y la paz» suena un poco elitista. ¿Cuánta gente leyó la novela de Tolstoi en las últimas décadas? ¿Qué le hace pensar que de no existir Internet la tendencia sería que cada vez más gente lo hiciera? Por el contrario, parecería que al menos la literatura podría llegar a más personas pese a que, como indica Vargas Llosa, la inmensa mayoría no la leerá. ¿Qué se podría esperar si leer un uno por ciento de los libros que hay en Internet llevaría innumerables vidas? La cantidad de información disponible se ha multiplicado brutalmente y la alta literatura ha quedado en esa maraña, pero más accesible para quien la busque.»

(Pág. 43 de «Flotar sobre el conocimiento. ¿Cambia internet nuestra manera de pensar?», en «Ciencia para leer en bicicleta (III)», Claves para Todos,  colección dirigida por José Nun, Ed. Capital Intelectual, Buenos Aires, 2012) 

Ordenar mi mundo. Noviembre 2013. Argentina.

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